La izquierda que aprendió a convivir con el capital

Hay una forma sencilla de saber quién manda en un trabajo: esperar a que aparezca un desacuerdo.

Mientras todos están de acuerdo, puede parecer que las decisiones se toman entre todos. El jefe puede escuchar, pagar bien, pedir opiniones y tratar muy bien a sus empleados. La diferencia se nota cuando aparece una decisión que afecta a los empleados: un cambio de horarios, un despido o decidir si se trabaja de forma remota o presencial. Cada quien puede explicar su punto de vista, pero al final alguien tiene una facultad que los demás no tienen: puede cerrar la discusión.

Eso no lo convierte en una mala persona. Sólo revela algo que la buena relación podía ocultar: ser escuchado no es lo mismo que poder decidir.

Ahora pensemos en quién puede ocupar ese puesto. Supongamos que durante décadas estuvo reservado, en la práctica, a ciertos hombres. Después de muchas luchas, una mujer, una persona negra o una persona homosexual puede ocuparlo. Para quienes antes estaban excluidos, tener esa oportunidad y acceder a esos ingresos puede cambiar la vida.

Pero queda otra pregunta: si hacemos completamente justo quién puede llegar a ser jefe, ¿hemos cambiado también lo que significa ser jefe?

Una cosa es quién ocupa ese lugar, otra cómo ejerce el poder y otra qué le permite hacer ese puesto. Podemos cambiar las dos primeras sin cambiar la tercera.

Que más personas puedan ocupar ese puesto no significa que haya cambiado la relación entre el jefe y los empleados. La inclusión dentro de una relación no equivale a la transformación de esa relación.

Buena parte de lo que hoy llamamos progreso ha buscado responder a una pregunta indispensable: ¿quién estaba siendo excluido? Pero cuando abrimos la puerta, queda otra pregunta: ¿cómo está organizado el lugar al que estamos entrando?

Entrar no es transformar

Una parte de la izquierda contemporánea dejó de intentar cambiar ciertas relaciones económicas y de poder. Pasó a centrarse en que más personas pudieran acceder a posiciones de las que antes estaban excluidas. No toda la izquierda siguió ese camino, pero el cambio puede documentarse en corrientes concretas.

El Partido Laborista británico muestra ese desplazamiento en una cuestión concreta: la propiedad. Su antigua cláusula IV comprometía al partido con la propiedad común de los medios de producción. Bajo Tony Blair, fue reemplazada por una formulación que combinaba justicia social con empresa, mercado y competencia. La aspiración igualitaria permanecía, pero ahora se formulaba como compatible con relaciones económicas que antes se proponía transformar.

Una empresa puede eliminar una barrera sexista y tener una dirección mucho más diversa. Eso es un avance, pero los mismos propietarios pueden seguir teniendo la última palabra sobre las condiciones de trabajo y sobre qué se hace con lo producido.

El problema no es quién puede llegar arriba. También hay que preguntar por qué existe un arriba y qué permite hacer estar allí.

Aunque cualquiera pueda llegar a ser jefe o propietario, todavía queda otra pregunta: ¿cuánto poder dan el cargo y la propiedad sobre otras personas?

Esto no convierte al feminismo, al antirracismo o a las luchas por la libertad sexual en asuntos “culturales” ajenos a la economía. También han disputado ingresos, propiedad, dependencia y trabajo. El problema aparece cuando avanzamos en esas luchas, pero dejamos sin cuestionar otras formas de poder.

Se puede luchar por la igualdad y abrirles el paso a quienes estaban excluidos sin cambiar quién es dueño, quién se queda con lo producido o quién toma las decisiones. Eso no requiere que nadie esté fingiendo ni que haya un plan oculto. Esas luchas han conseguido cambios reales. El problema no es que la emancipación haya avanzado demasiado. Es que podemos dejar de seguirla precisamente cuando llega a otra relación de poder.

Hay además otro cambio, distinto pero relacionado: la lógica empresarial empieza a parecernos natural incluso fuera de las empresas.

Cuando empezamos a administrarnos como empresas

Aprendemos algo y enseguida pensamos cómo monetizarlo. Conocer gente se convierte en «hacer contactos». En las redes sociales reunimos una audiencia y cuidamos nuestra imagen como si fuera una marca. Hasta el descanso puede necesitar una justificación: después rendiremos más.

Cada una de esas cosas puede tener sentido por separado. Lo extraño es que empecemos a calcular así el valor de casi todo. Aprender se convierte en una inversión que debe ser rentable, una relación con otra persona empieza a juzgarse por las oportunidades que ofrece. Nosotros mismos acabamos viéndonos como un proyecto en el que hay que invertir para que valga más. Michel Foucault describió esta figura como el «empresario de sí mismo».

La neoliberalización más profunda sucede cuando el mercado deja de ser una herramienta y se convierte en gramática de la vida. Ya no preguntamos sólo cuánto cuesta algo: empezamos a preguntar cuánto valemos nosotros.

Podemos querer producir más, cobrar por nuestro trabajo o emprender proyectos. La pregunta es qué relación de poder estamos cuestionando. Para verla con más claridad, volvamos a la empresa y a lo que ocurre con el resultado del trabajo.

Más riqueza material. Menos capital.

Una persona trabaja ocho horas al día en una empresa y, junto con otras, produce algo valioso. Con lo que se obtiene se pagan salarios, materiales, impuestos y lo necesario para seguir funcionando. Una vez cubierto todo eso, puede quedar un excedente.

Podemos discutir qué hacer con lo que quedó. No hay una única respuesta correcta para todo excedente. Aquí nos interesa quién tiene capacidad real para intervenir en esa decisión.

Imaginemos al mejor propietario posible. Creó el proyecto, puso dinero y asumió riesgos. Paga bien y comparte generosamente las ganancias. Si mañana puede cambiar unilateralmente ese reparto o las condiciones de trabajo, la distribución mejoró; el gobierno de la relación sigue concentrado.

Quién produce, quién decide y quién se apropia son preguntas distintas y tienen que permanecer juntas.

Para entender esa relación hay que mirar a la vez quién produce, quién decide y quién se queda con lo producido.

Aquí, capital no significa simplemente máquinas, dinero o riqueza. Nos referimos a una relación en la que la propiedad se convierte en una capacidad duradera de apropiación y control sobre el trabajo de otros. Administrar, coordinar, trabajar, aportar dinero y ser dueño no son lo mismo.

Crear una organización y ser su dueño tampoco son lo mismo. Haber tenido la idea, asumir riesgos y dedicarle años de trabajo puede merecer reconocimiento y remuneración. Pero ese aporte no justifica por sí solo un derecho permanente sobre lo que producirán otras personas dentro de veinte años.

Cambiar esa relación no exige que nadie pueda tener una empresa ni acabar con toda propiedad privada. Significa separar la propiedad de un derecho ilimitado a mandar. Quien pone dinero puede recuperar su inversión y recibir un pago por el riesgo que asumió. La persona que fundó la empresa puede conservar responsabilidades especiales durante un tiempo. Pero quienes la van construyendo con su trabajo también pueden ir adquiriendo derechos sobre las decisiones y sobre el excedente que ayudan a producir. Ser dueño deja así de dar un derecho permanente sobre el trabajo que otros harán en el futuro.

La misma cuestión aparece con el tiempo de trabajo.

Una tecnología permite hacer en seis horas el trabajo que antes tomaba ocho. Esa mejora podría usarse para reducir la jornada o producir más. También podría permitir aumentar los salarios o las ganancias. ¿Quién tiene derecho a decidir qué hacer con esas dos horas?

Esas dos horas también son tiempo de vida. Una sociedad capaz de producir más con menos esfuerzo puede convertir esa riqueza en más seguridad, más autonomía y más tiempo propio. Más riqueza material. Menos capital. Más abundancia sin que la propiedad conceda un derecho permanente a mandar sobre otros.

Emancipación sin excepción

El feminismo, el antirracismo, la ecología y las luchas por la libertad individual nos han ayudado a reconocer más formas de dominación. ¿Por qué detener esa mirada ante el trabajo, la propiedad o el poder económico? Podemos seguir cuestionando esas relaciones sin renunciar a ninguna de esas conquistas.

En un trabajo, eso empieza por tener alguna capacidad real de modificar las decisiones que nos afectan. Si la empresa pide nuestra opinión y luego puede ignorarla sin más, seguimos dependiendo de la voluntad de quien manda. Participar exige que nuestra intervención pueda modificar el resultado.

Coordinar puede requerir experiencia y responsabilidades distintas. Eso puede justificar que alguien esté a cargo de una tarea, pero no que conserve por ello una autoridad permanente sobre quienes la realizan. La cuestión es si ese poder puede explicarse, discutirse, limitarse y cambiar de manos cuando corresponda.

También está en juego qué ocurre cuando una mejora tecnológica permite producir más con menos trabajo. Puede convertirse en tiempo para vivir, mejores salarios, más producción o mayores ganancias.

No hace falta que todo lo decida todo el mundo. Una organización puede repartir tareas y responsabilidades sin que quien coordina adquiera un derecho indefinido a mandar.

Y aquí volvemos al comienzo: ¿puedo intervenir realmente en una decisión que gobierna mi vida o dependo de que quien tiene la última palabra quiera escucharme?

Disponer de tiempo propio y poder decir que no sin quedarnos sin sustento son libertades muy concretas. El consentimiento pesa distinto cuando negarse no significa caer al vacío. También podemos discutir con quien coordina nuestro trabajo sin depender enteramente de su buena voluntad. Una sociedad más rica tiene más recursos para hacer posibles esas libertades.

Esto vale también para nuestras propias organizaciones. Podemos llamarlas horizontales y seguir reservando la última palabra a una sola persona. La pregunta por el poder no deja de ser válida cuando quienes lo ejercen están de nuestro lado.

Lo que buscamos es abundancia sin dominación: poder vivir mejor sin que la riqueza de unos se convierta en un poder duradero sobre los demás.

La etiqueta política puede orientar, pero no responde todo. En lugar de quedarnos discutiendo si algo es «verdaderamente de izquierda», podemos mirar las relaciones que produce: quién decide, quién puede cambiar las reglas y cuánto poder puede acumular una persona sobre otra.

No menos emancipación. Emancipación sin excepción económica.

Notas

[1] El desplazamiento está documentado en corrientes específicas. La antigua cláusula IV del Labour británico defendía la propiedad común de los medios de producción; en 1995 fue sustituida por una nueva formulación que incorporó explícitamente la empresa del mercado y el rigor de la competencia. New Labour: Because Britain Deserves Better (1997) desarrolló esa orientación, y la declaración Blair-Schröder de 1999 la situó dentro de una renovación socialdemócrata europea. Nancy Fraser describió otra articulación bajo la categoría de “neoliberalismo progresista”; Johanna Brenner cuestionó generalizarla al feminismo o a los movimientos sociales en su conjunto.

[2] La articulación entre emancipaciones sociales y económicas tiene una historia propia. The Combahee River Collective Statement (1977), por ejemplo, vinculaba socialismo, feminismo y antirracismo sin reducir una lucha a otra.

[3] Michel Foucault, The Birth of Biopolitics, clase del 14 de marzo de 1979, desarrolló la figura del “empresario de sí mismo”. “Gramática de la vida” es una condensación interpretativa de este ensayo.

[4] La distinción entre capital como relación social, trabajo administrativo y propiedad se apoya en Karl Marx, El capital, libro III, especialmente capítulos 23, 27 y 48; sobre reposición, reservas y necesidades comunes, Crítica del Programa de Gotha.

[5] El artículo no propone regresar a una política exclusivamente clasista. La nota [2] ofrece un antecedente histórico de una emancipación que articula simultáneamente género, raza y economía.

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